El imperio de Mali

El imperio Mande, Melle o Malí no es otro que el formado por el pueblo negro de los mandingos o malinké que recogió y amplió la herencia de Ghana en el siglo XIII.
En sus orígenes no era más que una especie de confederación de territorios mandados por jefes de tribus que sirvieron durante mucho tiempo de refugio contra los ataques exteriores hasta que enriquecidos por el oro las circunstancias históricas les permitieron la creación de un poderoso Imperio. Sundiata Keita (1230-1255) de la dinastía mandinga de los Keita, que había sido en su mayor parte exterminada por el Reino de los Sosso, logro hacer cristalizar en tomo a su persona las aspiraciones de libertad de los mandingas, lo que le permitió liberarse en 1235 del dominio del rey de Sosso, Sumaoro Kannte, al que dio muerte y formar un imperio que se extendía desde el océano Atlántico hasta el Níger.

Su inmensa popularidad de libertador no sólo se debió a la liberación de parte de los mandingos del poder de los Sosso sino a su política de reducir al máximo la esclavitud como costumbre existente entre su propio pueblo. Hacia 1240 ocupo Ghana y destruyó su capital no cesando de ampliar sus dominios hasta que una flecha envenenada acabo con su vida en 1255. La estabilidad política del reinado de Sundiata dio un nuevo impulso al comercio transahariano decaído durante la época de esplendor del Reino de Sosso. Su hijo y sucesor mansa Ulé (1255-1270) continuó la política paterna especialmente en los aspectos comerciales con el mundo musulmán llegando a peregrinar a los santos lugares del Islam en época del sultán mameluco Baybars I, si bien las fuentes musulmanas no hablan de tal acontecimiento.

El siglo XIV supuso el apogeo del imperio Malí con el gran mansa o rey Kanku Musa (1312-1337) que abrió totalmente las fronteras de su Estado a las comerciantes arabo-beréberes, y que es citado elogiosamente por los autores árabes por su peregrinación a La Meca, lo que hizo que el imperio de los mandingas fuese conocido y valorado muy positivamente en los ámbitos internacionales. Malí controlaba el monopolio del oro sudanés y siguió una política de seguridad en el interior y de apertura comercial al mundo musulmán en el exterior, reforzada por la singular y popular figura de su soberano. Kanku Musa, al regreso de su peregrinación, introdujo la cultura árabe en su país, por medio de arquitectos, poetas y artesanos que instalados en la capital, Niani, la convirtieron en una ciudad árabe más, con sus numerosas mezquitas, a la vez que la corte se islamizaba.

Kanku Musa dio a su imperio Malí un esplendor nunca alcanzado por otro imperio negro hasta entonces, y su poderío se extendía por provincias tan diversas como Tombuctú, Djenné, Méma, Oualata, Gao, Gambia, etc. Su hermano y sucesor, el mansa Sulaymán (1341-1360), que subió al trono después del breve reinado de su sobrino Maghan (1337-1341), hijo de Kanku Musa, vio cómo se debilitaba el poder central debido al choque entre las instituciones tradicionales y las nuevas normas islámicas. Estas disputas facilitaron a los tuareg el poder adueñarse de las provincias más norteñas del Imperio, tales como Gao, Tombuctú y Méma hacia 1433-1434.

La llegada de los portugueses a la costa de Gambia permitió a los comerciantes mandingos a fines del siglo XV y a lo largo del siglo XVI una nueva época de florecimiento, incluso más brillante que la del comercio transahariano. Esto produjo un reforzamiento de la autoridad del mansa en todas las riberas del río Gambia, y la aparición del famoso Niani Mansa Mamudú, conocido por el “gran elefante”, que intentó en 1599 reconstruir nuevamente el primer Imperio Malí a base controlar el nuevo eje comercial Djenné-Tombuctú. Pero la nueva situación comercial impuesta por las rutas portuguesas del Atlántico impidieron realizar el sueño del último gran mansa de Malí. A finales del siglo XVI, los fulbé Denianke, dueños de todo el litoral, expulsaron de Gambia a las mansas de Malí. Y poco después, el pueblo de los bambara, situado al Este, dio el golpe de gracia al imperio Malí conquistando sus restos.

La economía malí estuvo dominada por el comercio transahariano y la demanda de oro por parte de las grandes ciudades musulmanas del norte de África. Las rutas eran las principales vías de intercambio de los productos sudaneses (exportación de oro y esclavos e importación de sal y cobre), la más occidental era la más tradicional y siguió en el siglo XIV siendo la principal pasando por Sijilmasa-Thegaza-Oualata; la ruta más oriental que iba de Ouargla-Touat-Tombuctú-Gao creció en importancia a finales del siglo XIV, sobre todo después de la peregrinación de Kanku Musa a La Meca. Los reyes de Malí y la aristocracia mandinga gastaron enormes sumas en la importación de caballos y vestidos de lujo, así como de productos alimentarios típicos del mundo magrebí, como higos, dátiles y trigo.

El comercio costero creció considerablemente con la llegada de los portugueses a Gambia, los cuales se encontraron con unos comerciantes mandingos muy expertos que vendían plumas de avestruz, marfil, oro y esclavos, y a los que era muy difícil engañar. A pesar de las enormes ganancias comerciales, monopolizadas por una minoría, la mayor parte de la población siguió siendo campesina, dedicándose al cultivo de mijo, sorgo, arroz y algodón, o al pastoreo de vacas, cabras, mulas y caballos.

La sociedad del imperio Malí tuvo una estratificación mucho más compleja y diferenciada que la de Ghana. La aristocracia mandinga formada por las grandes familias dirigía las diferentes provincias del imperio, era objeto de una especial atención por parte de los mansas que la halagaba continuamente con valiosos presentes. Esta clase social fue la que más fácilmente se islamizó y de la que surgieron los jueces o cadíes expertos en el conocimiento coránico, si bien para la gran mayoría de la nobleza la islamización no fue más que superficial.

Las wangaras fueron los comerciantes que se enriquecieron con el casi monopolio de las transacciones y recibieron también la influencia de la religión islámica; mientras que las clases más bajas de la sociedad, los campesinos libres y los “nyamakalas” (grupo heterogéneo en el que se encontraban desde los artesanos y hechiceros hasta los esclavos), continuaron siendo animistas.


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