Goree la isla del sufrimiento.

Conocida como isla de los esclavos, Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte.

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Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.
Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.
Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamadoderecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado.
Hace dos siglos ahora, en 1807, que el tráfico atlántico de esclavos fue abolido por los mismos británicos que con tanto empeño participaron de él; su Marina se dedicó a controlar luego los mares tras los navíos con carga ilegal y a poblar ciudades con ex cautivos, como Freetown, en Sierra Leona, fundada ya por abolicionistas en 1787. Sólo entre 1810 y 1848 detuvieron 1.653 navíos y liberaron a más de 200.000 africanos. Hasta el fin definitivo de la esclavitud en 1869 (los portugueses fueron en esa fecha los últimos en Europa; Brasil, en 1888, en América), el mercado se resistió a morir a pesar de la oposición de intelectuales europeos, de las rebeliones en las colonias; de que ya en 1804, Haití había nacido como primera república negra independiente. En la España peninsular, aún en 1896, el conservador Cánovas del Castillo afirmaba: “Creo que la esclavitud era para ellos [los cautivos] mucho mejor que esta libertad que sólo han aprovechado para no hacer nada y formar masas de desocupados” (….)

 

 

Extracto del articulo de Lola Huete Machado:

Los gritos de la isla de Goree. El pais 20 Augosto del 2007

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