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Tebas: La ciudad de los Dioses negros

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Tebas, conocida como Uaset o Niut en egipcio antiguo, fue una de las ciudades más importantes del antiguo Egipto. Homero, en La Ilíada, la llamó «la ciudad de las 100 puertas», posiblemente en referencia a los numerosos pilonos que precedían a sus imponentes templos. Este nombre evoca la grandeza y el esplendor de una ciudad que fue el corazón religioso, político y cultural de Egipto durante siglos. Sin embargo, el nombre «Tebas» es una derivación griega del término egipcio Ta-ipet-sut, que se refería al santuario de Amón en Karnak. Los griegos también la llamaron Dióspolis Magna (Ciudad Celestial), y en el Antiguo Testamento se la menciona como No-Amón.

Tebas fue la capital del Imperio Egipcio durante gran parte del Reino Nuevo (1550-1070 a.C.), y su influencia se extendió más allá de sus fronteras. Fue el centro de culto de la tríada tebana: Amón, Mut y Jonsu, y su dios principal, Amón, fue elevado a la categoría de dios nacional. La ciudad fue testigo de algunos de los momentos más gloriosos de la historia egipcia, pero también de su declive y destrucción.

Orígenes y Desarrollo de Tebas

Tebas tiene sus raíces en la época prehistórica, alrededor del año 2060 a.C. Inicialmente, no era más que una pequeña ciudad que veneraba a la tríada tebana, aunque su dios principal era Montu, el dios de la guerra. Durante las dinastías IX y X, Tebas comenzó a ganar importancia administrativa, y con la llegada al trono de los reyes tebanos, se convirtió en la capital del país. Este estatus se mantuvo durante siete dinastías, hasta el reinado de Akenatón, quien trasladó la capital a la ciudad de Amarna. Sin embargo, tras la muerte de Akenatón, Tebas recuperó su papel como centro político y religioso.

Durante la XII dinastía, los reyes trasladaron su residencia a Lisht, en el Fayum, pero Tebas siguió siendo un importante centro religioso y cultural. Incluso durante las invasiones de los hicsos en el Segundo Período Intermedio, Tebas conservó su independencia, aunque tuvo que pagar tributos a los invasores asiáticos.

La Liberación y el Reino Nuevo

En torno al año 1550 a.C., los príncipes tebanos iniciaron un movimiento de liberación contra los hicsos, liderado por Ahmosis, quien fundó la XVIII dinastía y marcó el inicio del Reino Nuevo. Este período es considerado la época de mayor esplendor de la historia egipcia, y Tebas fue su epicentro. La ciudad se convirtió en un símbolo de poder y riqueza, atrayendo a comerciantes y viajeros de todo el mundo conocido.

Tebas estaba dividida en dos zonas claramente diferenciadas: la orilla oriental, dedicada a la vida, y la orilla occidental, dedicada a la muerte. En la orilla oriental se encontraban los palacios reales, los templos y los edificios administrativos, mientras que en la orilla occidental se construyeron las tumbas reales y civiles, así como los templos funerarios.

El Esplendor de Tebas

Durante la XVIII dinastía, Tebas alcanzó su máximo esplendor. La ciudad era un importante centro comercial, con mercancías que llegaban desde el Golfo Pérsico, el Mar Rojo, África y los oasis del desierto. Homero describió la riqueza de Tebas como «incomparable, superada solo por los granos de arena de sus alrededores».

El dios Amón fue elevado a la categoría de dios nacional, y en su honor se construyeron algunos de los templos más grandiosos de Egipto, como el complejo de Karnak y el templo de Luxor. La avenida de las esfinges, que conectaba ambos templos, era una muestra más de la grandeza de la ciudad.

El Declive de Tebas

La importancia de Tebas comenzó a declinar con la XIX dinastía, cuando los faraones ramésidas trasladaron la capital al Delta del Nilo. Aunque Tebas siguió siendo un importante centro religioso, su influencia política disminuyó. La ciudad fue saqueada en varias ocasiones, primero por los asirios en el año 672 a.C. y luego por Asarhaddón en el 665 a.C. Estos ataques dejaron a Tebas en ruinas, y muchos de sus habitantes fueron esclavizados o deportados.

A pesar de estos desastres, Tebas no desapareció por completo. El templo de Amón fue reconstruido durante la XXVI dinastía, pero la ciudad nunca recuperó su antiguo esplendor. En el siglo I a.C., los romanos destruyeron lo que quedaba de Tebas, y sus ruinas fueron utilizadas como material de construcción para iglesias cristianas.

El Legado de Tebas

Hoy en día, las ruinas de Tebas son un testimonio de su glorioso pasado. Aunque gran parte de la ciudad ha desaparecido, aún se pueden visitar algunos de sus monumentos más impresionantes, como el templo de Luxor, el complejo de Karnak y las necrópolis de la orilla occidental. La avenida de las esfinges, que una vez conectó los templos de Luxor y Karnak, es un recordatorio de la grandeza de esta ciudad.

Tebas fue, sin duda, una de las ciudades más importantes de la historia antigua. Su legado perdura en las ruinas que han sobrevivido al paso del tiempo, y en la memoria de aquellos que admiran la grandeza de la civilización egipcia.

Reconstrucción de la Ciudad de los Dioses Negros

Tebas no solo fue una ciudad de piedra y oro, sino también un símbolo de la cultura y la espiritualidad africana. Sus dioses, sus templos y sus habitantes eran parte de una civilización que se enorgullecía de sus raíces negras. Como escribió Cheikh Anta Diop, los egipcios se llamaban a sí mismos Kemetiu, «los negros», y representaban a sus dioses con piel oscura, reflejando su identidad africana.

La reconstrucción de Tebas no es solo un ejercicio arqueológico, sino también un acto de reivindicación histórica. Es un recordatorio de que el antiguo Egipto fue una civilización negra, cuyos logros y contribuciones al mundo deben ser reconocidos y celebrados.

Referencias

  1. Homero. La Ilíada.
  2. Diop, Cheikh Anta. Civilización o Barbarie: Una Antropología Auténtica. Lawrence Hill Books, 1991.
  3. Egiptología.org. «Tebas: La Ciudad de los Dioses». Disponible en: http://www.egiptologia.org/geografia/tebas.htm
  4. Gardiner, Alan. Egyptian Grammar: Being an Introduction to the Study of Hieroglyphs. Griffith Institute, 1927.
  5. UNESCO. General History of Africa. Volumen II, 1981.

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